miércoles, 6 de junio de 2018

Psicofonías

Siento decepcionar a aquel que haya entrado a este post pensando que encontraría el relato de un episodio paranormal. Le informo pues que esos temas solo sabe tratarlos Iker Jiménez, un rey televisivo al que admiro profundamente. 
 

Empleo el término psicofonía desde el rincón más jocoso de mi personalidad para denominar a algunas cosas que escucho. Hoy me he levantado con un mensaje de un amigo que compartía una fotocaptura de la canción que estaba oyendo. Tras bromear con bloquearle debido a su pésimo gusto musical, me di cuenta de que está muy extendido eso de:- Bah, solo lo oigo para pasar el rato.- 
 
Que la música y otras artes como el cine se hayan convertido en mero entretenimiento es sin duda una señal que no debemos ignorar. Soy consciente del dinero que mueve la industria, pero quizá haría falta hacer una reflexión al respecto. Para paliar el aburrimiento hay muchas opciones, así que la prostitución a la que está siendo sometida la música es totalmente injustificable. Solo unos necios mancharían algo tan hermoso por un fajo de billetes, mas aún haciendo las cosas con un fin monetario obviando el verdadero valor que posee el arte, hay canciones e intérpretes que ofenden al sentido común. 
 

Y sí, algunas grabaciones hechas a posta en estudios importantes, producidas por gente que en un pasado fue respetable, editadas por grandes compañías y apoyadas por los medios más relevantes, parecen psicofonías. Por más apoyo que tengan, no me explico cómo es posible que semejantes atrocidades tengan un hueco en las listas. Lo peor es que algunos consideren que pueden masacrarme los oídos con esos desastrosos productos y quedarse tan anchos vendiéndolos a través de etiquetas como: Música alternativa, sonido arriesgado o solo para entendidos. (Ahí, con un par.)

El arte tiene fines estéticos y comunicativos, por lo que los más pícaros consideran que puede englobar un amplio abanico de posibilidades. Y no. Lo cierto es que quienes tienen un contacto profundo con él saben perfectamente identificar qué contenidos son dignos y cuáles deben ser descartados. Así que no me explico cómo se cuelan las psicofonías, una nueva categoría con la que a partir de ahora me voy a referir a todo aquello cuanto me sorprende que sea considerado música. 
 

Por mejores equipos que se usen para conseguir una psicofonía, no nos olvidemos de que la mayoría suenan horrendas, con un sonido turbio y nada equilibrado, y lo más importante: Dan miedo. 

 


miércoles, 23 de mayo de 2018

Unas pocas normas sencillas

Recuerdo el día que conocí a Laura Pausini. Y aunque su música ha formado parte de mi banda sonora personal, me conquistó mucho más allá de su talento. Hablaba desde una brutal honestidad, algo que en aquel instante me parecía necesario y hasta divino. Jamás olvidaré una de las primeras frases que nos dedicó:- Yo no he venido a romperle los sueños a nadie, pero cuando salgan de aquí se encontrarán con un mundo que quizá les decepcione.-



Me impactó su sinceridad. Quizá otros hubieran preferido una afirmación algo más edulcorada, pero lo cierto es que a mí me pareció sublime. No hubo caricias ni preliminar alguno. Tan pronto hizo acto de presencia, su naturalidad me resultó maravillosa. Pocas personas del mundo del espectáculo me han parecido tan reales. Percibí de inmediato cierta angustia silenciada. De algún modo entendí que sus palabras no tenían intenciones hirientes sino que más bien se trataba de un consejo casi maternal. En su momento lo interpreté como una reflexión de lujo, es decir, que una artista de talla internacional como Laura Pausini compartiera con nosotros su experiencia de esa manera, supuso un enorme aprendizaje. Y no había reparado nunca en su tono hasta hoy. 



Tal vez me haya pasado un poco durante las últimas semanas. Los que me leen con cierta asiduidad saben que el tono que empleo para hablar de mi contacto con la música suele estar marcado por la acidez, pero sin duda lo he hecho con la mejor de las intenciones. Hace poco uno de mis lectores me comentó que mi perspectiva era algo deprimente. En pocas palabras me dijo que mi relato se le antojaba angustioso y que con semejante forma de manifestarme podía hundir los sueños de alguien que pretende crecer artísticamente. Así que tras pensarlo unos días he decidido pedir disculpas porque esa no era mi pretensión. Pienso que por más hermosas que sean nuestras aspiraciones uno no debe arriesgarse a respirar cualquier sustancia. No podemos ir con la boca y el pecho abiertos esperando hacer un recorrido sin sufrir heridas o traumas. Mi forma de ser me impide decirles que sean confiados y que únicamente creyendo en sí mismos van a lograr todas sus metas. Me gustaría de todo corazón poder gritarles que si quieren podrán volar, pero lo más probable es que cuando se sientan preparados para alzar el vuelo se estampen contra el edificio más cercano o sencillamente una corriente de aire inesperada les haga planear unos instantes; los suficientes para hacerles creer que tanta decepción estaba justificada.
 

En lugar de llenarles la cabeza con pájaros e historias no aptas para diabéticos, yo prefiero soltar unas cuantas verdades:


  1. Si son artistas huyan de un trabajo que solo les proporcione dinero.

  2. Aléjense de aquellos cuyas críticas no resulten constructivas. 
     
  3. Acepten y celebren los tropiezos. Cáiganse y levántense. En eso consiste la vida. 
     
  4. Cuestionen las cosas cuando les parezcan incorrectas. 
     

El resto solo se trata de propaganda, una caja de cartón pintada de rosa chicle decorada con un enorme y precioso lazo cuyo interior oculta un vacío insoportable que a la larga resulta nocivo y hasta mortal.





miércoles, 9 de mayo de 2018

Huevos y castañas

Sobre gustos no hay nada escrito. Sin embargo sigo creyendo que a pesar de considerar la música como un elemento que se analiza de modo subjetivo y emocional, hay fórmulas para definir qué merece un espacio y qué no. Si somos capaces de ponernos de acuerdo en qué es absolutamente descartable y qué debe recibir un puesto especial, no comprendo cómo algunas cosas se cuelan en el panorama. Y digo “cosas” por no ser cruel. 

 

No es necesario ser un gran cantante para formar parte del universo musical,  pero lo mínimo que se le debería exigir a un intérprete por poco rango vocal que tenga es afinar. No hablo de virtuosismos, no. Afinar. Ser capaz de dar una nota tras otra sin provocar en el oyente una hemorragia interna. Por extraño que parezca no es un requisito indispensable y si no explíquenme entonces por qué abundan cada vez más esos “artistas” que cantan sin intención alguna. Y no me refiero a que acaricien las notas, eso también podría considerarse libertad creativa, sino que apenas lleguen al registro necesario para trasladar al público la idea o las sensaciones que se habían propuesto, bueno, eso en el hipotético caso de que lo pretendieran.

Tengo la terrible sensación de que hoy en día no hay una motivación para crear canciones, al menos una que no tenga que ver únicamente con ganar dinero. Cada vez salen más singles vacíos y con estética prefabricada, una exposición hueca de pseudo-sentimientos con la necesidad de no perder a unos adeptos que se aburren con facilidad. Antes de poder aprenderte el estribillo principal del tema, el artista ya anda promocionando otro. Y eso si eres consciente, porque hay veces que resulta harto complicado diferenciar las canciones. El abuso de la fórmula ideal que engancha al oído humano ha llegado a un punto de tal saturación que resulta inevitable confundir unos éxitos con otros. Este sistema solo ha propiciado la salida de cientos de cantantes que en realidad emulan a sus predecesores, quienes a su vez también copiaron a los suyos y así sucesivamente. La verdad es que los artistas grandes nacen con poca frecuencia. Son eventos raros e inexplicables, genios que nadie sabe cómo surgieron. Se desconocen los ingredientes que los conforman; tan extraordinarios que se convierten inevitablemente en fenómenos igual de inusuales que hermosos. 

  

Nos han hecho creer que es fácil, que si uno aprende la técnica y recursos necesarios automáticamente puede alcanzar el rango de estrella. Pero la magia es esquiva, brilla en contadas ocasiones como si estuviéramos ante un remolino de fuego, dos lunas llenas en un mismo mes o un bombardeo de bloques de hielo. Todos son fenómenos reales que se producen con muy poca frecuencia, pero causan tal asombro que quienes son testigo de su actividad se quedan marcados por mucho tiempo, incluso a veces toda una vida. 
 

Así que aunque los huevos y castañas tengan cosas en común, como que son redondos y pueden rodar, son demasiadas las diferencias que presentan, por lo que confundirlos resulta cuando menos un disparate. Amigos, cuidado con los engaños, porque aunque nos quieran hacer creer lo contrario, un huevo es muy distinto a una castaña. 

 


miércoles, 25 de abril de 2018

La vieja pero preciosa caja de música



¿Se acuerdan de esa época donde la música tenía cierta carga emocional? Existe una larga lista de joyas auditivas que marcaron a varias generaciones, temas que en cuanto suenan te trasladan inmediatamente a otra época cargando el corazón con un peso tan emocionante que lo debilita unos segundos. Al margen de que todos tenemos una banda sonora particular donde hay títulos que nos recuerdan a personas o momentos concretos de nuestras vidas, existen atmósferas como pátinas sonoras que llevan implícita una forma de vivir que jamás retomaremos. No sé si les sucede como a mí que no hallo ese color en los temas actuales. Siento que los éxitos del momento salen a la luz tras dar un pequeño paseo en el interior de una fábrica gris donde todo tiene que cumplir unos requisitos básicos si se pretende lograr el sello que garantice su valor y por ende su exposición pública. A veces me da la sensación de estar siendo testigo de una puesta en escena donde muñecos sin vida expulsan mensajes y melodías que no sienten. No digo que no haya canciones buenas ahora mismo, las hay y muchas gozan de una maravillosa producción, pero quizá por haber querido reciclar ideas algunos líderes del sector se han olvidado de un hecho mucho más importante que cualquier montaje espectacular o las tendencias del momento: la emoción. 

 
 

Recuerdo como si fuera ayer mis paseos sobre patines con la única compañía de mi discman y unos auriculares mitad metal mitad espuma. Con el océano como única vista en plena avenida marítima y Los Alisios azotándome el cabello, viajaba cada tarde a través de las sensaciones que aquellos temas me evocaban. Esos virtuosos que no temían desangrarse en cada pieza me enamoraron desde el día en que descubrí la maravillosa conexión que puede existir entre individuos sin necesidad de conocerse. Solo hace falta abrir el corazón a lo que un artista quiera expresar. Es realmente toda una experiencia y no precisa de grandes artificios, tan solo es necesario prestar un mínimo de atención, y cuando menos te lo esperas, descifras sin dificultades un lenguaje tan íntimo como ancestral. Me daba igual no compartir aquel pasatiempo con nadie ya que mis amigos de entonces no escuchaban las mismas canciones que yo. Era tan libre y feliz el tiempo que duraba cada pista que aunque el planeta hubiera paralizado su traslación a mí me hubiera dado igual. Hay una frase de Silvio que a menudo me viene a la cabeza cuando hablo de esas canciones que me marcaron: “Me veo claramente tan digno de amantes y breves países de felicidad. Me veo claramente si miro detrás”. Suelo relacionar de un modo inevitable esa metáfora y mi unión con algunas canciones. Los 3, 4, 5 o 20 minutos que puedan durar mis composiciones preferidas se me antojan breves países de felicidad, abriendo unas compuertas pesadas y llenas de óxido que dan paso a todo un paraíso para el intelecto. Uno que paradójicamente resulta liberador porque para poder nutrirme de todo lo bueno que ofrece debo encerrarme en una habitación imaginaria alejada de todo cuanto me parece incomprensible o doloroso.
 

Para una muchacha con dotes sociales casi inexistentes, ubicar un lugar de sosiego a través de la música significó un mundo. Tanto es así que me niego a deshacerme de mi colección de cds por más que los demás den cientos de motivos por los que es mejor pasarse a la música digital. Comprar cada uno de aquellos compactos se resumía en una experiencia grata y satisfactoria. Iba a mi tienda preferida y una vez me hallaba en el interior del establecimiento era capaz de pasar horas allí tratando de escoger mi nuevo tesoro en forma de círculo. El tacto del plástico que recubría la caja del cd te prometía un universo de emociones oculto en cada pista, añadiendo un valor más al particular ritual que me acompañaba hasta la tienda. 


 

Sé que no soy la única que se siente así y que entre quienes me leen hay más de un melómano, así que mi pregunta es: ¿qué sucedió? ¿En qué momento la música dejó de tener ese poder sobre nosotros? ¿De verdad no lo echan de menos?

Supongo que exceptuando a algunos artistas del panorama actual que ofrecen buena música y una calidez que reconforta a veces, el único consuelo que nos queda es que siempre que lo deseemos podremos rescatar esas canciones importantes de nuestras existencias para hacer viajes en el tiempo de 3, 4, 5 o 20 minutos.

miércoles, 11 de abril de 2018

Amigos para siempre means you always be my friend

Los amigos, esos grandes compañeros en los que apoyarse y a quienes tender una mano en caso de precisarlo. Casi siempre sucede más lo segundo, pero ¿quién no es lo suficientemente generoso como para ayudar a un amigo? Tengo que admitir que servidora tiene pocos. Pocos, pero unos santos. Que alguien soporte mis tonterías ya es signo inequívoco de que los seres de luz existen. Sin embargo en mi defensa diré que podría tener muchos más de no ser por la manía que tengo de alejarme de quienes me decepcionan. Si no fuera tan quisquillosa ahora mismo tendría un millón de amigos como Roberto Carlos. (Cosas raras que definen a una.)

 


Sé que no debo ser la única persona del planeta que se ha llevado golpes inesperados pero a veces pienso que tengo un imán irresistible para personajes egoístas y codiciosos.

Me gustaría decir que tengo una agenda repleta de contactos de profesión con quienes además de trabajar o haber trabajado en el pasado guardo una hermosa relación de amistad. Haberlos haylos (como las meigas), lo que pasa es que a estas alturas de la historia creí que la lista sería más contundente y que tendría que colgar el cartelito de “sin plazas disponibles” por albergar los nombres de demasiada gente alucinante. Ahora que estoy haciendo limpieza en las gavetas olvidadas del cerebro, rescato escenas que aunque forman parte del pasado cobran mayor nitidez conforme las voy repasando. La mayor parte de los papeles acumulados en estas gavetas resultó ser propaganda, panfletos perdidos que ahora no tienen validez alguna.


Siempre fui una ingenua. Desde pequeña ya creía que dando lo mejor de mí misma a los demás acabaría recibiendo ese afecto que tan imprescindible consideraba (lo que se dice un error de principiante). Para evitar malentendidos diré que no me arrepiento de absolutamente ninguno de los cariños que dediqué. Cada uno de esos mimos tuvo un motivo y un desenlace que me acercó al lugar donde quería estar. Este mundillo puede llegar a ser duro y áspero, y por si tienen dudas les invito a leer el capítulo “A pisar cabezas se ha dicho” donde hablo de las vicisitudes a las que debe enfrentarse un cantante para terminar ocupando un puesto de trabajo deplorable. Aún así, me parece que jamás encontraré lógico atravesar el corazón de alguien que no se lo espera. Creí que cuando pasara el tiempo aquellas puñaladas que tanto me afectaron terminarían siendo solo cicatrices insignificantes, y a pesar de que asimilé los hechos con filosofía, no puedo dejar de buscar el motivo a tanta sorpresa en forma de cuchillo. Descubrir que las personas en quienes confiaste una vez pueden acabar siendo tan consistentes como una nube de azúcar en una taza de chocolate caliente, resultan todo un atentado contra el alma.




“Los amigos de verdad se cuentan con los dedos de una mano”. No hay nada más verdadero en esta vida. Uno quiere a la familia por encima de todas las cosas, pero si algo te define como individuo es la selección de amigos que has escogido entre una multitud ruidosa y desconcertante. Así que es normal que a lo largo de los años vayas desenmascarando a los mentirosos y alejándote de los infieles con la creencia de que la próxima vez no te pillará desprevenido.


Quienes me conocen saben que no suelo elevar la voz. En una discusión no pierdo el control, una virtud o defecto que no siempre es bien considerado si quien se enfada contigo pretende iniciar un debate sonoro y siente que no le respetas por no mostrarte alterado. Si siento que alguien me agrede, no en el mundo del artificio y las poses, sino en el fondo del pecho, en lo más profundo y entregado de mi corazón, progresivamente voy desapareciendo de su vida. Para cuando el susodicho se da cuenta ya ando bien lejos de su sombra y por lo general suele cuestionarse qué sucedió para que yo tomara distancia. Normalmente es un viaje de ida. Si he tomado esa decisión es porque entendí que su traición fue una marca en el pellejo de las que no desaparecen. Y como no soy muy dada a las conversaciones incómodas, mis hechos hablan entonces por mí. 

 

No me autodefiniría como un perro herido que está dispuesto a proseguir con su ruta obviando a cada viandante que se encuentre en su recorrido por temor a una mala palabra o una patada inmerecida, pero lo que está claro es que intento no llevarme nuevos palos en el lomo porque aún con todos los defectos que me vuelven mortal, tengo la necesidad de huir del dolor, algo que intenta evitarse hasta el ser más inane. 


 

Hay cosas y personas que siempre viajan conmigo, a veces en mi equipaje de mano y otras acomodadas en la primera fila de mis mejores recuerdos. A lo largo de estos años aprendí de golpe que todos siguen las estelas doradas que uno pueda emanar, pero si esas estelas un día cambian de color (con tendencia a los tonos oscuros), muchos de quienes se autoproclamaban incondicionales tuyos acaban tomando otros rumbos en silencio, sin armar ruido alguno no vaya a ser que tengan que explicarte que ya no les resultas valioso (o exprimible).

viernes, 23 de marzo de 2018

Cediendo a la corriente

¿Alguna vez se han subido a una colchoneta hinchable en la playa y se han dejado llevar por la marea? Algo parecido se siente en el mundo del espectáculo. Confieso mi enorme pavor a las profundidades, (quién sabe qué esconden esos oscuros y condenados abismos) así que cuando subí al flotador de colorines que representaba mi trayectoria profesional, (aceptando que no todo estaba bajo mi control e ignorando todo cuanto se hallaba bajo la superficie) me di cuenta de los numerosos parches que presentaba. Era sin duda un vehículo de segunda mano, un transporte precario que otro pobre infeliz había usado tiempo atrás para trasladarse a tierras sin conquistar, las mismas que prometían fertilidad y nutridas aventuras en los cuentos de su infancia. Sin embargo, la recompensa a un viaje incierto plagado de peligros y deshidratación no fue ni más ni menos que un paseo lento hacia la deriva en lugar del maravilloso trayecto que durante años imaginó.


Metáforas aparte creo que el concepto ha quedado claro, y es que como en otras muchas profesiones, en este mundillo nadie te garantiza nada. Da igual que te gastes todos tus ahorros en pos de crecer, que rechaces los divertimentos nocturnos, que renuncies a cualquier ingrediente nocivo para la voz, que hayas ensayado al menos seis horas diarias durante años y que hasta lleves chaqueta en verano por si te sorprende una corriente de aire. Nada de eso te ubicará donde anhelabas porque el porvenir de un artista no depende únicamente de su sacrificio. ¿Entonces qué ha de hacer para al menos rozar con sus dedos la cinta que adorna la meta? No sé responder a esta cuestión, y créanme cuando les digo que me ha robado noches y noches de sueño. Supongo que hacerse un hueco tiene más que ver con la suerte (o la nigromancia). Suerte, un término bien abstracto y alejado de la vida de muchos mortales que lo único que quieren es bajarse de la maldita colchoneta que los desplaza sobre una tumba acuática lista para tragárselos en cualquier momento. 
  

Nunca se me dieron bien las apuestas ni los juegos de azar, precisamente porque me pienso demasiado las cosas, una virtud en muchos aspectos de la vida pero que al parecer en este mundillo no sirve de mucho. Me he pasado los últimos 18 años esforzándome sobremanera, sometida a una disciplina que no todos pueden soportar, y aún así nunca alcancé a ver la tierra prometida en el horizonte. Es por ello que me mantengo alejada de los dados, las cartas y cualquier asunto que se reduzca a un desconcertante “quién sabe”. Para alguien con semejante trastorno obsesivo-compulsivo que le obliga a tenerlo todo bajo un estricto control, dejarse llevar resulta una tarea altamente tóxica y autodestructiva, cosa que prometí cambiar hace mucho por algo tan sencillo como necesario: Ser feliz. 
 

Claro está que en esta vida pocas cosas resultan absolutas certezas, pero subirte a bordo de un barquito de papel y dejar que las olas marquen tu destino es confiar demasiado en el líquido elemento, ¿no creen? 
  

En resumidas cuentas, no hay rutas específicas ni mapas que te guíen en esto, de manera que o aprendes a sobrevivir en alta mar sin más ayuda que tu ingenio, o abandonas a tiempo para regresar a nado a un lugar que quizá ayer consideraste insuficiente, pero que al menos se puede palpar con los dedos. Un sitio real en el que puedes fundar tus pies sin temor a que unos monstruos marinos invisibles te devoren o que un tsunami te arrastre hasta el fondo de un océano gélido y desconocido. Ni se te ocurra creer que alguien acudirá en tu ayuda cuando perdido en medio de la nada se te hayan acabado las fuerzas y los recursos para sobrevivir. Estarás solo y a merced de todos tus miedos.


martes, 13 de marzo de 2018

Fobias, pesadillas y verdades



Todos tenemos miedos y trastornos. Todos. Incluso aquel que dice no tener manías las tiene. Claro está que no es lo mismo sufrir una Agorafobia (miedo a los espacios abiertos) que sentir grima por unas uñas negras. Aún así, estas patologías nos condicionan de cara a llevar una vida social sana y normal. Lejos de hacer un balance entre lo que la mayoría considera sano y ser un absoluto desastre, mi reflexión de hoy pretende ir un poco más allá. 
 

Conforme la sociedad avanza, más terrores se agregan a la larga lista de cosas inquietantes que nos atosigan. Desde miedo a las arañas, hasta pánicos más complejos, asuntos que requieren atención médica como la Escopofobia (miedo a ser observado) o la Geniofobia (miedo a las barbillas). Plantéense durante unos minutos qué clase de vida puede tener alguien con semejantes problemas. 
 

¿Y saben qué es lo peor? Que la mayoría de quienes padecen temores deben mantenerlos a buen recaudo porque de repente a alguien se le puede ocurrir la brillante idea de usarlos para entretenerse. ¿Qué siniestra diversión puede hallar un individuo en emplear tus terrores más profundos contra ti?¿Qué gracia le encuentran a usar una serpiente de plástico para llevar al borde de un infarto a un sujeto con una acusada Herpetofobia (miedo a los reptiles)? Hay temores (sin llegar a convertirse en fobias) que también nos preocupan y hasta determinan nuestro día a día. Y si no echen un vistazo a los medios de comunicación. Existe una clara campaña a favor del miedo. Creo que el principal objetivo de tanta propaganda es un modo más de generar ingresos. El 60% de los anuncios tiene como cometido preocuparnos por asuntos en los que a lo mejor ni habíamos reparado. Entonces unos productos casi milagrosos nos ayudan a dejar de ser unos parias, eliminando de raíz cualquier elemento que proyecte nuestras debilidades y ubicándonos de manera automática en el bando de los ganadores. No solo la publicidad nos infunde temor, las noticias también nos generan una inseguridad que en ocasiones puede llegar a ser muy peligrosa. El uso de la información es sin duda una de las herramientas más poderosas que existen para controlar a la masa. No digo que no debamos creer absolutamente nada de lo que se nos transmite, pero sí que tenemos que hacer el ejercicio de valorar la veracidad de la información que recibimos. Es nuestra obligación ser críticos, cuestionarnos todo lo que vemos o escuchamos en pos de vivir existencias más cercanas a la verdad. 

 

No llegué a esa conclusión hasta sufrir en carne propia los afilados puñales que te atraviesan en cuanto te acercas demasiado a aquello que desde la ingenuidad te creíste a pie juntillas. Comprobar qué hay al otro lado de las pantallas, puertas de camerinos y bambalinas, supuso un despertar brusco en mi persona. Desde el sofá de nuestras casas los contenidos de los programas se perciben lejanos, mágicos y centelleantes; un universo idílico que nos incita a soñar y a prolongar un sentimiento de felicidad artificial. Sin embargo no hubo etapa más incierta que la que pasé frente a las cámaras. Reconozco que mi inconsciencia me mantuvo tranquila durante mucho tiempo, y no fue hasta pasados los 25 que comencé a experimentar miedo. De repente mi vida se vio condicionada por infinidad de factores que escapaban a mi alcance. Sentir que no había ningún lugar donde hallarme segura ni poder confiar en nadie por temor a la traición, se convirtieron en amargos trances, y desde entonces mi personalidad no ha vuelto a ser la misma. 
 

Cuando salí de Operación Triunfo me encontré de frente con una realidad ácida. Y es que el transcurso de la vida en el exterior continuó sin mayores contratiempos. Supongo que era una forma de pensar absurda, inmadura y hasta algo egocéntrica, pero de alguna manera esperaba que el mundo que conocía siguiera intacto, como si antes de tomar el avión que me conduciría hasta Barcelona para ingresar en la Academia, alguien pulsara el botón de pausa para después de mi aventura poder regresar sin secuelas a la única realidad que conocía. Pero no fue así. Al volver a casa me di cuenta de que jamás volvería a ser quien era. Mi parte más infantil no se detuvo a reflexionar acerca del cambio que supondría aquello (vamos, ni en un millón de años hubiera imaginado el devenir de los acontecimientos). Nunca me visualicé temiendo encontrar un monstruo en el armario o lo que es peor, tener que lidiar con algunos monstruos de la profesión (monstruos del mundo real, los más feos y temibles que he visto nunca). Llegué a tener ataques de pánico y crisis variadas por no saber aceptar que aquello que fui, aquello que me describió en el pasado, ya no volvería jamás. Me aferré al hecho de rescatar a mi yo más creativo y prometerle fidelidad plena, pero lo único que logré fue seguir golpeando su cabeza contra un enorme muro de hormigón. Creo que no fue hasta hace unos meses que les quité las sábanas a mis habituales fantasmas, y aunque lo que ocultaban bajo estas ha sido demoledor para mi ego, sin lugar a dudas fue un paso necesario. Me quité la venda de los ojos, y créanme, ha dolido como un disparo a quemarropa; una inmersión en un océano de hielo que paralizó mis sentidos durante mucho, mucho tiempo.


Mis fobias no son muy distintas a las del resto. Casi todos los que padecemos algún terror sentimos que hay una justificación para ello. Normalmente suelen producirse tras una experiencia traumática o después de padecer un estrés insoportable. Uno de mis mayores temores siempre fue equivocarme, y bueno, después de mirarme el chichón de la frente puedo decir que me equivoqué mucho. Y seguiré equivocándome, por desgracia.


El encierro supuso una conexión muy profunda con mi yo más exigente, aunque también descubrí que en realidad no estaba preparada para el mundo real, para la presión o incluso la maldad que se me dedicó por aquel entonces. No siento que deba castigar a los responsables ni nada parecido, porque como he dicho en otras ocasiones la mayor abusona con la que he tropezado se llamaba Saray. Pero lo cierto es que a día de hoy convivo con pesadillas que ni sé describir por culpa de creerme las promesas que brillaban al otro lado de la pantalla; cosas que pretendía ganarme con esfuerzo y sudor. Mi entrega al parecer fue insuficiente, y me temo que ni tan siquiera extrayendo el volumen total de mi sangre habría recibido una caricia reparadora. (Ya saben, el amor o más bien las simpatías no se ganan así como así). 

 

No quisiera que pensaran que todo fue malo, porque en realidad sí que extraje beneficios de la experiencia. Considero todo un hallazgo ser capaz de analizar las cosas por mí misma y ubicar la verdad por muy oculta que se encuentre. La verdad, ese concepto que nos han hecho creer que es nocivo y doloroso... A saber por qué. Bajo mi parecer una certeza no es abstracta ni turbia; no es intermitente ni variable. Es única y concreta, pura y hasta a veces un golpe sin consuelo, pero por más que nos digan que la mentira es un modo de protegernos, no sirve para nada. Un buen día nos toparemos con verdades lacerantes o quizá con necesarias revelaciones, y entonces veremos con claridad las estrategias y triquiñuelas que nos han dedicado con el fin de anular nuestras voluntades. Por más pesadillas que produzcan algunas evidencias, es preferible padecerlas a ser un muñeco sin alma.