martes, 26 de diciembre de 2017

Y se hizo el silencio

Hay quienes precisan una vida cargada de riesgos y experiencias estremecedoras para sentir que su corazón sigue latente. Y supongo que ser cantante implica lo mismo, porque si no es inexplicable el enganche emocional que se genera entre el artista y los aplausos. Aplausos, algo tan intangible como maravilloso. Los jaleos y bravos no se quedan grabados, o al menos eso me ha pasado a mí. Por más que intento rescatar las estridentes pero benditas palmadas, únicamente recupero un sonido genérico de las mismas en mi cabeza. Aplausos enlatados, como esos que se escuchan en las comedias de los 80. Ni siquiera puedo alimentar a mi yo vanidoso con un recuerdo certero, así que los últimos 18 años se me antojan turbios, igual que un acontecimiento poco relevante.


En un currículum musical siempre queda bien exponer aquellos escenarios prestigiosos donde has tenido la suerte de trabajar. En mi caso la lista es muy generosa, destacando emplazamientos como el BEC de Bilbao, el Pabellón Príncipe Felipe de Zaragoza, el Palacio Vistalegre de Madrid o el Palau Sant Jordi de Barcelona entre otros. Aun así, todo es vago e inconsistente para mí. No logro recordar las peculiaridades de cada lugar, es más, ni siquiera ubico las caras de algunas de las personas que trabajaban allí, gente que se esforzó para que yo pudiera actuar con dignidad. Pido disculpas por ello, pero es que realmente fue una época desconcertante. Conocí a cientos de personas y muy pocas se acomodaron en mi retina. A veces pienso que a pesar de no haber estado nunca en coma, experimenté la sensación de estarlo durante unos meses en los que viajaba y actuaba como un autómata sin cuestionar ni sentir nada. Mis ojos asimilaban la información a duras penas, quizá confusa por los focos y los flashes de las cámaras. Perdí la noción del tiempo. Ya no era capaz de discernir si pasaba minutos u horas en los aeropuertos, y la única actividad consciente que realizaba era sujetarme con fuerza a la barandilla de la escalera que me llevaba al escenario de turno. Los gritos del público eran los mismos independientemente de la ciudad donde me hallara, y por mucho que me esforzase en querer guardar postales de cada sitio que visitaba, siempre tenía que dejarlo para otra ocasión. He estado en infinidad de pueblos y capitales de la geografía española y sin embargo no sé decir gran cosa de los mismos. Ojalá hubiera aprovechado más el tiempo en descubrir la idiosincrasia de cada lugar, añadir a mi currículum algo más que los nombres de recintos donde actué, pero bueno, la carretera es larga y parece perenne. 
 




Cómo nos complicamos la vida... Si en realidad lo importante es subsistir, ¿qué hacemos buscando siempre algo más allá? Esa naturaleza perversa que tiene el ser humano por alcanzar unos objetivos (a veces inútiles y vacíos) nos lleva a ser completamente desdichados. Y nos extraña contemplar a las estrellas en horas bajas, deprimidas, drogadictas o locas porque consideramos que tienen todo cuanto un humano medio desea. Hasta pensamos que son unas consentidas egoístas que solo quieren llamar la atención. Niñas y niños de mamá que están hastiados porque jamás han tenido que lidiar con los problemas reales que azotan a la mayoría. No voy a defender a los protagonistas de Hollywood ni alabar la valentía de quienes ostentan Grammys, pero estoy segura de que como muchos de nosotros, esas personalidades también sufren inseguridad y temor al rechazo. Asimismo creo que gran parte de sus problemas están justificados. Hasta que no echas un vistazo en primera persona al sótano donde se concentra el éxito, no adquieres consciencia de cuán peligroso es.

Si tuviera hijos (Dios me libre) trataría de evitar a toda costa que quisieran dedicarse al mundo del espectáculo. No frenaría su inquietud por empaparse de cultura ni por querer ser parte activa de la misma, pero sería capaz de soportar su odio con tal de mantenerlos a salvo. A salvo, como lo leen.

Hay ciertas cosas de esta industria que nunca comprenderé. Y aunque entiendo el morbo que supondría contarlo, hay experiencias que jamás compartiré con nadie. Asuntos que morirán conmigo tal vez amparada en el hecho de no alimentar a esos demonios que me acompañan con la esperanza de que algún día desaparezcan.

En cualquier caso, solo quería refutar esa idea de llevar una vida intensa, o al menos cambiar el concepto de intenso. Intenso no es acostarte cada día pensando que la angustia va a convertirte en cenizas o que sentirte mal contigo mismo es un precio razonable con tal de alcanzar cada uno de tus objetivos. La buena intensidad es saber que lo que haces significa algo, que tu aporte no caerá en saco roto. Y hallar el amor real. No hablo de parejitas agarradas de la mano paseando por la playa, sino de valorar los pequeños detalles que por diminutos que sean hacen de este mundo un lugar mejor. Y si no, siempre nos quedará Marte.

Ahora que tengo 35 años y la espalda llena de cicatrices, puedo decir que jamás agradecí tanto experimentar eso que llaman rutina, tan aburrida y soporífera que todos parecen huir despavoridos de ella. Ya no quiero puentings emocionantes ni ruidosas confusiones; me plantaré aquí, admirando la quietud de las aguas desde un banco cubierto de polvo mientras todos corren hasta el carnaval más cercano embelesados por sus ensordecedoras y tramposas artes.


3 comentarios:

  1. Sí! Corred todos al carnaval y cada uno con su disfraz!...
    Sentémonos a ver el atardecer, respirar el aroma del mar, sentir el sol en nuestra piel, dar gracias por vivir, así con tan poco, así con tanto...

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