martes, 13 de febrero de 2018

A pisar cabezas se ha dicho



¿Alguna vez han visto ese juego cuya finalidad es golpear con un mazo al mayor número posible de topos? A menudo me he sentido uno de esos topillos. Y es que por si esta profesión ya no fuera lo suficientemente compleja e hiriente, hay que protegerse de puñaladas por parte de compañeros y hasta amigos. Pero bueno, traumas y estupefacciones aparte, considero esos episodios tan habituales como comprensibles. En un mercado tan saturado (culpables somos por lo visto los pobres ingenuos que osamos a presentarnos a un reality y no las productoras que se empeñan en reventar los formatos musicales) lo lógico es que los cantantes se aferren a los puestos vacantes considerándolos tan valiosos como un salvavidas en medio del Pacífico. No bromeo. Aquí no abundan las ofertas laborales de oro, por lo que a veces te ves en la necesidad de aceptar condiciones que en absoluto se parecen a las de tus sueños. Horarios y distancias imposibles se convierten entonces en tu dieta diaria y deseas con todas tus fuerzas encontrar de una vez por todas un puesto de trabajo a la altura de tus expectativas. Pero el muy condenado no llega y en su lugar continuas una rutina tan enfermiza que lo único que consigues es envejecer a un ritmo vertiginoso y alejarte de todos los acontecimientos cruciales de tu vida. 
Los que me conocen saben que soy incombustible en escena, que incluso con una paliza de viaje a mis espaldas soy capaz de dar un concierto sin dejar de sonreír, pero hasta un Terminator de la canción tiene límites, por lo que un buen día decidí romper con todo y los demás no solo se cuestionaron cuál había sido el detonante, sino que trataron de convencerme para que diera marcha atrás. Ojalá todo se redujera a un cansancio físico. Eso se solventa echando horas con Morfeo. Lo malo es arrastrar un cansancio emocional. Contra eso no hay mucho más que hacer salvo escuchar las súplicas de tu alma para que dejes de resistirte y te permitas pedir al árbitro que dé por finalizado el combate. 
 


En otro momento de mi vida tener que abandonar por K.O técnico me hubiera parecido una vergüenza, pero después de soportar dosis de veneno casi mortales, creo que he tomado la decisión oportuna. Y como dije líneas atrás, lo peor no fue el cansancio corporal, ni las retenciones de líquidos tras 11 horas de trayecto, ni los conciertos a las dos de la mañana, ni viajar sin respetar un horario de sueño saludable o saltarse comidas sin control, sino las continuas confrontaciones que se sucedían entre el mundo real y cómo no, mi ego caprichoso que se empeñaba en querer lo mejor para mi persona en lugar de seguir tragando material tan tóxico como el plutonio. (Manías de una, oigan.)



A lo largo de los últimos 18 años he visto que la fórmula habitual para hacerse hueco entre la multitud suele resumirse en zancadillas y malas artes. Nunca fue mi sistema, pero reconozco que comprendo los motivos que llevan a la amplia mayoría a cometer semejantes ataques. Desde amigos de la profesión a quienes estimaba profundamente que preferían mantener a buen recaudo fechas y localizaciones de castings interesantes, hasta compañeros que preferían recomendarte únicamente puestos de mala reputación con el fin de perderte de vista y por ende tener más oportunidades en este mundo de trileros y traidores. Y no confundamos los términos, una cosa es participar en una competitividad sana y necesaria, y otra desarrollar un juego sucio, aunque teniendo en cuenta que desde que somos pequeños nos enseñan a lastimar, a tener miedo del Coco y a machacar a cualquiera que ose obtener más caramelos que tú en la piñata de un cumple, no debería extrañarnos que de adultos nos convirtamos en auténticas mambas negras.


La bondad a veces se confunde con debilidad, y no debería ser así. Lo peor de todo es que ni siquiera somos capaces de apreciarlo, de percibir cuando alguien es bueno porque sí. En cuanto atisbamos un leve parpadeo de gratuidad, una alarma interna se nos enciende, como si tratase de advertirnos de un peligro inminente. Nos educan para creer que la vida no es fácil, pero nada más lejos de la realidad. Las cosas buenas son casi siempre sencillas y más valiosas que todo aquello que nos empujan a desear, solo que estamos tan obcecados en lograr mejores cartas que las del vecino que somos incapaces de agradecer la buena mano que ya tenemos. 
 

Hace tiempo que salí de la máquina de los topos, y conste que la puerta para zafarme estaba muy concurrida. Cientos de ejemplares se peleaban por acceder y dejarse golpear con tal de tener su minuto de gloria y sentirse diferentes al resto. Sin embargo y con toda certeza puedo decir que nadie recordará cómo lucían las caras de los bichos que recibían estoicamente cada mazazo. Solo eran y serán cabezas a las que golpear en un simple y absurdo juego en una feria plagada de máquinas con topos y topos y topos y topos...




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