martes, 6 de febrero de 2018

Apreciando la luz

Si algo me encantaba de ser cantante era bajarme del escenario y charlar con personas de verdad, aquellas que te trasladaban un amor casi tangible a través de sus ojos. En ocasiones me cargaban las pilas alimentando mi autoconfianza hasta límites narcisistas, pero también había encuentros con seres extraordinarios que marcaban un antes y un después de esa jornada. 



Lo bueno que tiene el escenario es que desde la distancia puedes contemplar el verdadero rostro de los demás, y aunque normalmente no hay registros destacables, de pronto te encuentras con una cara resplandeciente que deja de manifiesto el magnetismo que lo representa. Por norma general pasan desapercibidos para la mayoría, pero de alguna manera captan mi atención, algo así como si una señal lumínica los identificara entre la multitud porque tienen una lección que enseñarme. Y cuánto he aprendido de esas personas... Recuerdo a Paola, la muchacha que me dibujó abrazada a un sol gigantesco junto a una leyenda que rezaba: "Recuerda Saray que siempre amanece". Jamás un extraño había leído a través de mi fachada con tanta claridad. Era exactamente lo que necesitaba escuchar en ese momento y Paola, una chica fuerte cuya vida no ha debido ser en absoluto fácil debido a su condición, fue capaz de ver más allá de la purpurina que alguien había arrojado sobre mí comprendiendo que me hallaba en un sótano oscuro y deprimente. 
 

También recuerdo a Pedro, el chico que me transmitió con dificultad pero enorme valor que sus problemas con el habla no le iban a limitar para agradecerme lo mucho que mi música le había ayudado. Aquel joven cuyo tesón le había permitido avanzar en una lucha personal que todos daban por perdida, consideraba que debía darme las gracias a mí y nada más lejos, Pedro, las gracias te las doy yo. 
 

Siento que tuve mucha suerte al conocerles, a ellos y a otras personas sencillas a las cuales respeto y aprecio por la naturalidad con la que se expresaron y cómo automáticamente convirtieron mi corazón en una pista de aterrizaje. No tuvieron ni siquiera que pedir permiso, la puerta para gente como ellos siempre ha estado y estará abierta. 
 

Hoy recuerdo con afecto y nostalgia a todos los seres de luz que me crucé en el camino; gente que me entregó un lazo de bondad sin pretensiones y me trasladó a mejores espacios mientras a mi alrededor se desataban tormentas que por aquel entonces me parecían insoportables. Cuando escucho términos como inclusión o integración social no puedo dejar de reparar en sus situaciones, tan complejas y terribles que la mayor parte de nosotros sería incapaz de encajarlas, y en lugar de amilanarse o autocompadecerse, se dedican a dar lecciones de lujo a muchos cuya ceguera nos impide ver la luz en el horizonte. Doy las gracias por ese milagro, amigos.

 

Es reconfortante comprobar que todavía hay seres humanos dignos en esta tierra; gente que te permite ver más allá de tu propia identidad y te ayuda a comprender que por muy profundo que sea el agujero en el que te has caído, siempre, y acentúo siempre habrá un motivo por el que intentar salir de él. Y me despido por hoy haciendo hincapié en lo necesarias que son las personas que como Paola o Pedro se dedican a sacar una sonrisa o a emocionar a los demás, recordando que el amor nunca va acompañado de facturas, y mucho menos de limosnas; es puro y soberano, así que quienes lo subestiman sin duda no son conscientes de su importancia ni de lo pobres que son sin él. 

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