martes, 20 de febrero de 2018

El sexo de las voces


El sexo importa mucho cuando se habla de talento. Por algún motivo que no logro comprender, desde que tengo uso de memoria siempre he visto a las mujeres bajo una presión que las somete a interminables protocolos de belleza, aunque más acertado sería llamarlos torturas insoportables. Opino que la sociedad exige más a las féminas y no pretendo hacer demagogia barata. Las mujeres, escojan la profesión que escojan, se ven en la obligación de demostrar con creces sus capacidades, especialmente si compiten con hombres u otras mujeres más jóvenes. Da igual si son las idóneas para un puesto, siempre tendrán que sortear más obstáculos si pretenden conseguir la plaza. 
 

El público hace tiempo que asumió que una cantante tiene que cumplir ciertos requisitos estéticos y es algo que no consigo digerir. En textos anteriores ya he expuesto mi opinión al respecto, pero aún me queda mucho por decir (y denunciar). En infinidad de ocasiones he leído y escuchado críticas hacia cantantes más propias de analistas de moda que de música. La cuestión es que el 90% de estas críticas estaban dirigidas a mujeres, donde se hablaba más de si su aspecto era el correcto que de la brillantez de su trabajo. En cambio siempre me ha parecido que los hombres no reciben tantos ataques. En su lugar los comentarios se enfocan más al plano laboral que al estético. ¿Por qué? ¿Por qué si un hombre envejece las canas lo vuelven más interesante y si la canosa es una mujer ya se encuentra en el ocaso de su vida? ¿Por qué el término genio se aplica en su mayoría al sector masculino mientras a las mujeres se las escruta continuamente poniendo en duda que sean merecedoras de ciertos éxitos? No sería la primera vez que escucho barbaridades acerca de cómo una chica ha alcanzado sus objetivos: - “Es lo que tiene ser guapa” o “A saber con quién se habrá acostado”. Como contraste, los hombres no suelen tener que dar explicaciones sobre sus hallazgos. La masa asume que estos logros están relacionados íntimamente con el esfuerzo y el trabajo. Al parecer los conflictos de intereses solo se vinculan al sexo femenino, condicionando a aquellas jóvenes que pretenden aspirar a algo más que ser la esposa de un político o la novia de una personalidad deportiva.


Claro que no sé por qué me escandalizo si ya debería estar acostumbrada a leer artículos donde se defienden los motivos por los que una mujer cobra menos que un hombre incluso desarrollando la misma tarea. Cuánta falta hace abrir la mente, y sobre todo ver más allá de una fachada, el origen, la raza, el credo o el sexo con el que nacemos. Deberíamos detenernos a estudiar a las personas y valorarlas por aquello que las convierte en seres especiales y genuinos. Pero no, preferimos hacer un análisis exhaustivo sobre si las sandalias de Fulanita están desfasadas o si serán ciertos los rumores que la sitúan como nueva pareja del señorito de turno.
 

El problema es que generación tras generación se siguen fomentando clichés tan absurdos como “detrás de todo gran hombre siempre hay una gran mujer”. ¿Y saben lo peor? Que todavía hay mujeres encantadas con seguir en la sombra. Tal vez no lo comprenda por estar enferma de independencia y egolatría, pero me gusta pensar que algún día no se juzgará a las mujeres por cumplir o no unos estereotipos que nos alejan de la sociedad equilibrada y sana que queremos ser. 

 

Les propongo un juego: Apunten en una hoja de papel nombres de cantantes que no encajen en los cánones de belleza estándar o que no correspondan a los perfiles usuales del mercado, y luego díganme cuántos de esos nombres corresponden a mujeres y cuántos a hombres. Después realicen una búsqueda de los ingresos medios de cada uno. Les convido a compartir las cifras y premios que estos hayan logrado o un listado de cuántos reconocimientos han recibido por parte de la industria o la sociedad. Igual nos llevamos una sorpresa. O quizá no.

 


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