viernes, 23 de febrero de 2018

Fanatismo e idolatría




Recuerdo perfectamente el sonido de los golpes en la ventana del hotel. En su momento los confundí con picotazos de un pájaro que quizá intentaba zafarse del asedio de un ave mayor. Así pues decidí levantar la persiana y comprobar qué se hallaba al otro lado. La sorpresa fue titánica cuando en lugar de encontrarme al animalillo, alcancé a ver unos pies haciendo equilibrios sobre una cornisa diminuta que permitía ver los muchos metros que separaban al sujeto del suelo. Asustada y creyendo al individuo en peligro, decidí abrir la ventana. Viéndolo con perspectiva obré con gran negligencia puesto que yo no conocía de nada al susodicho y si este lo hubiera querido podría haberme causado un daño enorme. No quiero ni pensarlo, así que prefiero recordar el acontecimiento como una anécdota donde alcancé a ver la locura en los ojos de un desconocido. 
 

El joven, de unos treinta años como mucho, lloriqueaba mientras decía mi nombre en voz alta y se ponía de rodillas en el suelo. Por unos segundos pensé que la habitación contigua andaba en llamas o algo parecido y que por ello aquel chico se había visto forzado a salir en busca de ayuda. Pero en cuanto comenzó a decir que me quería al tiempo en que se aferraba a mis pantorrillas, se encendió mi alarma interna y le pedí en repetidas ocasiones que se marchara. Tras arrastrar al tipo hasta la puerta y conseguir cerrarla pese a la resistencia que oponía, decidí llamar a recepción a notificar lo ocurrido. Consternado, el recepcionista no daba crédito. Me recuerdo a mí misma con el teléfono en la mano, sentada sobre la cama y escuchando el llanto del fanático al otro lado de la puerta, suplicando que le abriera porque “me quería y me necesitaba”.
 

Hoy en día defino aquel instante como algo singular, un efecto raro y cargante que supuso salir en televisión durante una temporada. No es la única circunstancia kafkiana que coleccioné durante esa época, pero la he escogido porque resume a la perfección cuán peligroso puede llegar a ser el fanatismo. 
 

Nunca me ha incomodado atender a alguien que decide acercarse y compartir su admiración. ¿Quién puede negarse a aceptar un cumplido, sacarse una foto o simplemente devolver un saludo? No cuesta nada y además puede resultar motivador en un momento en el que no te encuentres demasiado inspirado o conforme contigo mismo. A lo largo de tantos años de profesión he conocido a gente estupenda que inició una charla conmigo sin mayores pretensiones y a día de hoy son buenos amigos. Pero existe una diferencia tremenda entre alguien que solo quiere una conversación escueta y agradable, y quien pretende absorberte de un solo suspiro. Me gusta pensar que se trata de personas que no están en sus cabales, porque la idea de considerarlos seres inteligentes con intenciones que escapan a mi alcance, me pone el vello de punta. En ocasiones me he visto obligada a mantener una sonrisa mientras el terror se apoderaba de mí, tratando además de adivinar qué reacción impredecible tendría el fanático en cuestión.
 

Por aquel entonces y teniendo que asumir esa nueva realidad sin ninguna clase de asesoramiento previo, era demasiado confiada. Con la sensación de tener que devolver tanto afecto recibido, me volví casi sin darme cuenta en esclava de mi exposición social. Aparte del hecho de no poder salir a ningún sitio sin levantar cierto revuelo, hubo un tiempo en el que renuncié a mi libertad con tal de no llamar la atención. Nunca me gustó (y sigue sin gustarme) que suene una campanilla cuando llego a un lugar. Sé que hay quienes sienten cierto poder al ser recibidos cual reyes en espacios públicos pero no es mi caso. Pese a que pueda parecer lo contrario, servidora es terriblemente tímida y eso en mi profesión siempre supuso un enorme obstáculo. El escenario es otra historia, pero todavía no me he creado un personaje tras el que esconderme en la vida real. Y pobre de aquel que diga que su actividad artística es exactamente su realidad porque entonces corre un severo peligro. Me gustaba diferenciar entre la persona que soy y la identidad que ofrecía en escena, quizá porque me proporcionaba cierta paz sentir que aún había una parte de mí que los demás no podían invadir. No me malinterpreten, me he sentido querida y respetada por el público en general, pero ciertamente hubo momentos en los que solicité espacio para poder respirar y no me fue concedido.


Y eso sí, siempre habrá quejas. Por más que te esfuerces en ser considerado a pesar de tu cansancio, tristeza, aburrimiento o dentera, nunca el cien por cien estará conforme. Algunas personas me trataron como a una escultura; un patrimonio nacional que tenía el deber de entregarse en cuerpo y alma aunque el ciudadano medio ni siquiera supiera mi nombre. Había salido en televisión y eso era suficiente. De hecho, es posible que muchos de quienes se acercaron a curiosear qué circunstancia causaba tanto revuelo, no tuvieran intención alguna de consumir mi música, pero aun así yo estaba en el deber (obligación moral) de dejar que me zarandeasen con el fin de atender a una prima por teléfono. La prima ni siquiera ha visto Operación Triunfo, incluso te manda a la mierda porque no cree que seas quien dicen que eres. Así que nuevamente has perdido un tren porque una multitud es incapaz de comprender que no tienes tiempo, y no, no puedes quejarte.


El error no ha sido ofrecer mi cariño o mis mejores maneras. No me arrepiento de nada, pero de haber sabido cómo acabarían las cosas, tal vez me habría valorado un poco más. Habría considerado mis necesidades, tanto físicas como emocionales, anteponiéndolas a los caprichos del resto. En cualquier caso, sigo agradecida a aquellos que en plena marabunta respetaron mi ser, que fueron capaces de ver más allá del oropel que me rodeaba y que se percataron de la asfixiante presión que acabó consumiéndome. Personas que comprendieron que se hallaban ante otro ser humano que soportaba a duras penas su propio peso pero que se esforzaba por mantenerse erguida para la foto.  

El tiempo pone todo en su lugar, o eso dicen, y lo cierto es que visto con perspectiva me he dado cuenta del valor que tiene sentirse lejos de los objetivos, salir a la calle sin miedo a que uno de tus acosadores conocidos te apuñale, poder ir a un cine sin que un acomodador te pida amablemente que te vayas porque a tu alrededor se monta mucho jaleo, quitarte un pareo en la playa porque sabes a ciencia cierta que no habrá un fotógrafo esperando a que te coloques en la peor postura posible, hablar sin temor a juicios estrafalarios o relajarte mientras compruebas que por enésima vez has cometido un error y que ahora no hay nadie que te lo recuerde a todas horas. En definitiva, no hay nada comparado a sentirse libre. 

 




2 comentarios:

  1. La libertad es una de las cosas más preciadas a lo que los famosos tienen que renunciar...
    Sinceramente entiendo cómo algunos pierden las formas con prensa, fans, etc..
    ¡Yo lo haría fijo!🤣🤣🤣

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