viernes, 9 de febrero de 2018

Homenajes y sellos


Resulta cuando menos curioso percatarse del valor que tiene la muerte en nuestras vidas. Anunciado o inesperado, el final siempre se define como una sentencia inefable, algo capaz de trasladarnos a una versión metafísica que habitualmente aparcamos por temor a lo desconocido. Y de pronto nos volvemos seres profundos y empáticos que detienen unos minutos sus alborotadas vidas para reflexionar si su modo de hacer las cosas está justificado y sobre todo si valdrá la pena continuar transitando por esa vereda. Y bueno, eso estaría muy bien siempre y cuando no se tratara de un proceso tan obscenamente pomposo como ególatra. Hacemos ese balance pensando en nosotros mismos y no en lo que ha significado la existencia de quien ha perecido, y si por mala suerte ha muerto alguien a quien estimábamos, solo pensamos en qué será de nosotros ahora que no está. Somos egoístas en cualquiera de los casos. Tal vez sea porque la muerte es lo único innegable, una realidad que todos padeceremos y de la que no podremos zafarnos por más importantes o excelentes que nos creamos. Supongo que por eso tenemos tendencia a los homenajes y tributos en el mundo de la cultura. Un artista puede haber experimentado la peor de las soledades y el abandono masivo de la industria tras años de entrega, mas en cuanto se recibe la noticia de su defunción, de pronto vuelve a brillar dando lugar a discos póstumos, premios honoríficos y covers tiernos. Su muerte pudo haber sido hace mucho, mucho tiempo, pero andábamos tan ocupados olvidándonos de este y otros tantos personajes obligados al exilio emocional que no reparamos en su ausencia ni su dolor hasta que alguien nos recuerda sus nombres.

Y entonces salen de sus pútridos fosos todos los caraduras, cínicos y sinvergüenzas que hasta quizá pensaran que esos artistas estaban obsoletos y que nadie los echaba en falta por motivos y razones muy contundentes, para obtener las moneditas y billetitos que el muerto pueda producir. Es realmente asqueroso y vomitivo. Y cómo no, ahí estamos todos entre lacrimosas veneraciones contribuyendo a que las comadrejas del sector sigan amasando fortuna a costa del difunto amparadas en el hecho de querer darle el final digno que se merece. 
 

Somos terribles como especie. No sabemos apreciar nada hasta que la vida, esa hermosa pero a veces iracunda ráfaga de aire, nos devuelve a la tierra demostrándonos que somos absolutamente prescindibles, y entonces en ese proceso de autoengaño por no querer aceptar la terrorífica realidad, pretendemos agregarle cierta dosis de valor al recorrido de alguien, aunque ese alguien estando vivo nos importara un cuerno. 
 

No hay nada más hipócrita que defender a un individuo que nunca ha gozado de tu simpatía pero que como los medios han calificado su pérdida con términos como irreparable, de pronto vas tú y por poner en tus redes sociales un lacito negro que pone D.E.P ya crees que has contribuido a que su muerte no haya sido en balde. Señores, la muerte no tiene sentido, sucede y ya. ¿Creen de verdad que si tuviera alguna explicación más allá del hecho de ser una realidad biológica, se hallaría alguna clase de consuelo leyendo una publicación en Twitter? Sé que la mayoría lo hace con buena intención, sin embargo no dejo de considerar que es terrible tener que morirte para que la gente entienda tus esfuerzos y que manifieste un afecto que solo podrías apreciar estando vivo. 
 

La vida es algo más que un legado y tan valiosa como huellas hayas dejado tras de ti. Estas marcas no tienen que ser necesariamente más visibles cuando te vayas de este mundo. De hecho, lo ideal sería que otros siguieran esos pasos mientras tú puedas verlos desde la distancia, sonriendo porque tus padecimientos y sudores al final han servido para algo, aunque sea para facilitar el recorrido a otros que como tú son buenas personas con mucho que ofrecer al resto. 
 

Hay culturas que celebran la muerte como un paso hacia algo mejor, pero ¿qué quieren que les diga? Yo pienso que lo bueno lo estamos viviendo ahora, y que por tanto, todo lo que somos, lo que podemos disfrutar y agradecer, ha de ser ahora que estamos vivos. Cuando nos vayamos al otro barrio dirán maravillas de nosotros pero ¿nos va a importar? ¿Acaso podremos observar desde el más allá cada una de las frases que los vivos nos van a dedicar? ¿No eliminaremos esa vanidad ni tan siquiera pasando a un estado más espiritual? 
 

Todos somos buenos bajo tierra, pero quizá deberíamos esforzarnos un poquito más en serlo antes de nuestros funerales, ¿no creen?


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