viernes, 16 de febrero de 2018

Robots multitarea

A veces tengo la sensación de estar siendo testigo del nacimiento de una nueva especie: Los súper humanos. ¿Soy la única que se ha dado cuenta de que los cantantes cada vez dominan más disciplinas? Los nuevos artistas bailan, cantan, hacen anuncios, diseñan moda, protagonizan campañas, escriben libros, ocupan portadas de revistas y son personajes principales en películas u obras de teatro. Y todo porque al parecer no es suficiente ser muy bueno en una sola tarea. Así que no es extraño que en la agenda de un cantante se repartan las horas en actividades muy variadas en pos de exponerlo como el ser inalcanzable y semidivino que todos esperan. Me pregunto si en esa agenda habrá hueco para la técnica vocal, aunque quizá soy muy atrevida al planteármelo siquiera. 

Todos sabemos que es más importante que el artista disponga de un buen asesor de imagen y un entrenador físico más que de un profesor de canto. Sus ingresos dependen fundamentalmente de esas actividades en las que tiene que poner su cara, de manera que el equipo que se encarga de dirigir cada uno de sus pasos se dedica sobre todo a procurarle una rutina de ejercicios y nutrición acordes al perfecto modelo que tiene que ser para seguir pagando los caprichos y estudios de sus hijos. A ninguno de estos le preocupa el bienestar del cantante al que representan. La terrible verdad es que en cuanto la máquina fabrica-billetes deje de funcionar, buscarán otro al que exprimir a base de darle forma en el torno donde se modelan los maniquíes multiusos. 
  

Montajes espectaculares y un sinfín de bailarines y lucecitas en escena ayudan a distraer al público, quien se afana en corear los estribillos de sus archiconocidas y archipublicitadas canciones en lugar de atender a algo más allá del modelito o la sonrisa carente de emoción alguna que presenta su cantante favorito. Es difícil resistirse a semejante espectáculo, por lo que lo realmente importante (o lo que debería serlo) pasa inadvertido entre vítores y flashes. 
 

Identificar los propios errores siempre es complejo y una tarea incómoda, (egos y más egos) es por eso que preferimos no ahondar demasiado en las cosas, es más fácil no hacer demasiados análisis o autorreproches. Y eso, amigos, es lo que nos nubla la razón. Somos capaces de leer entre líneas pero es una labor que requiere conciencia y a la hora de liberar tensiones, ya sea a través de la música o cualquier otra actividad artística, preferimos no rompernos demasiado el coco. Tragamos toda esa inmundicia a sabiendas de que no es oro todo lo que reluce y nos escudamos en el hecho de que no podemos cambiar la realidad. Sin embargo sí que podríamos hacerlo. Bastaría con cubrirnos los ojos y sentir. Si eso no funciona, significa que lo expuesto ante nosotros no es real y por tanto no merece ni un segundo de consumo. Bueno, eso en el supuesto de que nos importe qué sucederá con el Arte y las emociones que nos transmite. 

El Arte con mayúsculas, el mismo que ha formado parte de la Humanidad desde tiempos inmemoriales y que ha transformado nuestra manera de pensar e incluso de vivir. Ahora veneramos migajas de lo que antaño fue y lo peor es que siendo conscientes de su degradación, nos conformamos prefiriendo llenar nuestras almas de cosas insustanciales y vacías.



2 comentarios:

  1. Desde luego, muchas luces y poco brillo del artista en sí, que da igual si lo hace bien o mal, porque está respaldado por esa campaña brutal de marketing y esos miles de fans , cúal acólitos descerebrados, quw gritan y se arañan la caras al compás de la hipnótica canción...

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    1. Son un negocio, algunos artistas producen mucho dinero y lo que debería tener importancia acaba en un segundo plano... Una lástima pero así funciona... Un besote

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