martes, 27 de febrero de 2018

Y siempre quise más

Ser diferente al resto puede llegar a convertirse en una malsana obsesión. No sé de quién aprendí a cuestionarlo todo pero el hecho es que jamás me fié de los objetivos fáciles. En general siempre me he enamorado de los retos cuasi imposibles, quizá por mi inocente necesidad de superarme y porque hallo cierta poesía en las cosas complejas. En cualquier caso, esa patológica forma de vida me ha reportado cosas buenas y cosas malas; circunstancias o sucesos que han marcado mi ya extraña personalidad consolidándome como la solitaria mujer que soy hoy en día. 
 

La soledad siempre ha sido una de mis aliadas. No se trata de huir de la gente porque sí, sino de guarecerme en una especie de refugio intelectual que me recuerda lo mal que se me da socializar y lo bien que me caigo a mí misma. A día de hoy me resulta muy agradable estar sola y esa no es una tarea que a todo el mundo se le dé bien. De hecho, creo que la amplia mayoría siente la necesidad imperiosa de tener compañía porque no se conocen en profundidad. Nos da miedo autodescubrirnos, y es lógico. Todos queremos encajar, es una condición biológica, pues formar parte de un grupo social nos proporciona estabilidad y mayores posibilidades de sobrevivir. Sin embargo por más que quise mimetizarme con el entorno, más me cautivaba el aislamiento. Ser ambiciosa nunca me acercó a los demás. Sentía y aún siento que pretender batir una marca me situaba en una posición de arrogancia con la que en absoluto me identifico. Y claro está que siendo tan maniática y autoexigente me resulta inevitable esperar siempre algo más de las cosas. Hacer un esfuerzo cada día se convirtió en mi credo, de manera que constantemente me encontraba analizándome y reprochándome esas cosas que tenía que hacer mejor. No recuerdo ni un solo día de mi trayectoria en el que esa actitud se viera como un excelente compromiso con el trabajo, sino más bien un problema que debía solucionar si no quería perder la cabeza. A menudo se relacionaba mi conducta con un ego desorbitado, como si querer ofrecer mi mejor versión supusiera restar importancia a los demás. Durante mucho tiempo me lastimó recibir ese tipo de críticas, pero hoy en día pienso que quizá el problema no estaba en mí sino en las inseguridades de quienes me lanceaban. 


 

-¿Qué más dará eso, Saray? Ni que estuvieras en Broadway.- Me dijeron por querer alargar un ensayo.- Relájate, vamos a cantar en un pueblo. Ese es tu problema, que te crees más de lo que eres y sinceramente con esa forma de ser te vas a quemar mucho. 
 

No fue la única vez que me dedicaron un texto así. A lo largo de estos años me he visto forzada a aceptar el hecho de que cuanto más me exigía, menos simpatías me ganaba. Y tras mucho tiempo rumiando lo mismo concluí que tiene que ver con el hecho de descubrir que tras un esfuerzo existe la posibilidad de un fracaso. Pensar de esa manera es signo inequívoco de una limitada base educacional. Nunca he creído que un fracaso sea tan terrible, puede ser doloroso y deprimente, pero jamás un intento de automejora debe ser considerado en vano. Claro que estas palabras tendrían mayor contundencia si las pronunciara un Premio Nobel o la ganadora de un Óscar y no alguien que se bajó del escenario en silencio y detrás de un biombo. 


 

Nos gusta contemplar a los vencedores de una batalla que todos consideraban perdida de antemano, comprobar que con sacrificio se pueden conseguir muchas cosas, pero cuando tratamos de aplicarlo a nuestras propias vidas nos parece de un cretinismo atroz, justificándolo con frases como “a las briznas de hierba que sobresalen del resto se las corta para que luzcan parejas”. Un mundo así se me antoja aburrido y soporífero. Prefiero perderme en bosques salvajes o jardines traseros llenos de malas hierbas, con céspedes desnivelados y cubiertos de flores silvestres que se empeñan en seguir conquistando aquellos terrenos áridos que sufrieron el abandono por lucir lejanos y secos.


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