martes, 6 de marzo de 2018

Aprender del perdón

Hubo un tiempo en el que cargué con más equipaje del que podía portar, y ese exceso supuso una lesión que aún a día de hoy me sigue doliendo. Así pues y tras comprender que algunos de mis problemas son crónicos, entendí que no estaba hecha para cargar con todo ese peso. Nací desnuda y libre de cargas, de manera que no existe un factor natural que me obligue a continuar con semejante autocastigo, algo que todos deberíamos aplicar en nuestro día a día. 

  

Al margen del dolor autoinfligido (a veces sin ser conscientes del mismo) también tenemos que enfrentarnos al que nos causan otros. En mi caso hace mucho tiempo que descubrí que se es más feliz perdonando. Y aunque muchos piensen que a veces se torna una tarea compleja que requiere de una madurez que no siempre tenemos a nuestra disposición, creo que el perdón nos permite ser libres. A veces la cuerda que usas para arrastrar todos tus pesares es tan fina que acaba rompiéndose inevitablemente (con el daño emocional que eso conlleva). Uno no puede esperar a que eso ocurra, sobre todo porque nuestra especie ha sido creada para experimentar la libertad y vivir con plenitud cada elemento que nos rodea. 
 

Me costó llegar a esa conclusión. A esa y a la de aceptar a los demás tal y como son sin necesidad de recuperar las emociones que les entregas. Nos empeñamos en aplicar nuestras propias leyes sin cuestionarnos si tal vez nosotros no habremos errado al otorgarle poderes plenos a quien no los merece. Hacer autocrítica no es fácil, requiere fortaleza y capacidad para ser objetivo. Por tanto, en algunas ocasiones nos veremos jaleados y queridos mientras otras veces seremos juzgados y rechazados. Eso forma parte del ciclo vital y no podemos ni debemos evitarlo. 

  

Desde pequeños nos someten, nos inculcan que debemos sucumbir y ceder a la presión para integrarnos. Nadie nos dice que es necesario ser uno mismo y que el precio de tal privilegio es asumir las consecuencias. Algunas personas tenemos miedo a decir “no” por temor a la conjetura, al juicio e incluso al daño que supone el destierro. Y en el mundo de la música responder a veces con una negativa significa tener que retroceder a zancadas aquellos pasos que diste con mucho esfuerzo. De pronto te encuentras en tesituras que no siempre tienen que ver con tus capacidades artísticas y que pueden suponer límites en forma de puertas cerradas a cal y canto. No es justo. Sobre todo teniendo en cuenta la cantidad de obstáculos que una persona puede hallar en el camino. Y si me lo permiten, además me parece una auténtica contradicción, porque a todos nos encanta decir que los artistas son unos bohemios que no dependen de nadie y determinan sus rumbos sin tener en cuenta opiniones que no sean las suyas. Es mentira. Ese tipo de artistas no suelen gozar de apoyos o simpatías, más bien se ganan “enemigos” y alguna que otra bofetada. 
 

Siempre me ha gustado ponerlo todo en duda, un defecto cuando se trata de formar parte del universo cantarín. A nadie le gusta que una cantante se convierta en un auténtico fastidio cuestionando si las cosas aún se pueden hacer mejor. De manera que ahí estuve yo, danzando por los tristes y desoladores pasillos de un laberinto esperando encontrar en la siguiente esquina la salida que significaría llegar a mi meta. En lugar de eso tuve que ir marcha atrás porque si no las bestias que había repartidas por el espacio acabarían alcanzándome. 

  

Tras muchas jornadas de llantos, pataletas e hipótesis respecto a por qué merecía tal venganza del destino, hallé la fórmula para seguir respirando, y no fue ni más ni menos que a través del perdón. Esta decisión me ha permitido avanzar en otros campos y por supuesto dormir a pierna suelta. Eso sí, me alejé cuanto pude del pérfido laberinto, porque una cosa es perdonar y otra aprender de los errores.

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