martes, 14 de agosto de 2018

Cediendo a la corriente

¿Alguna vez se han subido a una colchoneta hinchable en la playa y se han dejado llevar por la marea? Algo parecido se siente en el mundo del espectáculo. Confieso mi enorme pavor a las profundidades, (quién sabe qué esconden esos oscuros y condenados abismos) así que cuando subí al flotador de colorines que representaba mi trayectoria profesional, (aceptando que no todo estaba bajo mi control e ignorando todo cuanto se hallaba bajo la superficie) me di cuenta de los numerosos parches que presentaba. Era sin duda un vehículo de segunda mano, un transporte precario que otro pobre infeliz había usado tiempo atrás para trasladarse a tierras sin conquistar, las mismas que prometían fertilidad y nutridas aventuras en los cuentos de su infancia. Sin embargo, la recompensa a un viaje incierto plagado de peligros y deshidratación no fue ni más ni menos que un paseo lento hacia la deriva en lugar del maravilloso trayecto que durante años imaginó.


Metáforas aparte creo que el concepto ha quedado claro, y es que como en otras muchas profesiones, en este mundillo nadie te garantiza nada. Da igual que te gastes todos tus ahorros en pos de crecer, que rechaces los divertimentos nocturnos, que renuncies a cualquier ingrediente nocivo para la voz, que hayas ensayado al menos seis horas diarias durante años y que hasta lleves chaqueta en verano por si te sorprende una corriente de aire. Nada de eso te ubicará donde anhelabas porque el porvenir de un artista no depende únicamente de su sacrificio. ¿Entonces qué ha de hacer para al menos rozar con sus dedos la cinta que adorna la meta? No sé responder a esta cuestión, y créanme cuando les digo que me ha robado noches y noches de sueño. Supongo que hacerse un hueco tiene más que ver con la suerte (o la nigromancia). Suerte, un término bien abstracto y alejado de la vida de muchos mortales que lo único que quieren es bajarse de la maldita colchoneta que los desplaza sobre una tumba acuática lista para tragárselos en cualquier momento. 
  

Nunca se me dieron bien las apuestas ni los juegos de azar, precisamente porque me pienso demasiado las cosas, una virtud en muchos aspectos de la vida pero que al parecer en este mundillo no sirve de mucho. Me he pasado los últimos 18 años esforzándome sobremanera, sometida a una disciplina que no todos pueden soportar, y aun así nunca alcancé a ver la tierra prometida en el horizonte. Es por ello que me mantengo alejada de los dados, las cartas y cualquier asunto que se reduzca a un desconcertante “quién sabe”. Para alguien con semejante trastorno obsesivo-compulsivo que le obliga a tenerlo todo bajo un estricto control, dejarse llevar resulta una tarea altamente tóxica y autodestructiva, cosa que prometí cambiar hace mucho por algo tan sencillo como necesario: Ser feliz. 
 

Claro está que en esta vida pocas cosas resultan absolutas certezas, pero subirte a bordo de un barquito de papel y dejar que las olas marquen tu destino es confiar demasiado en el líquido elemento, ¿no creen? 
  

En resumidas cuentas, no hay rutas específicas ni mapas que te guíen en esto, de manera que o aprendes a sobrevivir en alta mar sin más ayuda que tu ingenio, o abandonas a tiempo para regresar a nado a un lugar que quizá ayer consideraste insuficiente, pero que al menos se puede palpar con los dedos. Un sitio real en el que puedes fundar tus pies sin temor a que unos monstruos marinos invisibles te devoren o que un tsunami te arrastre hasta el fondo de un océano gélido y desconocido. Ni se te ocurra creer que alguien acudirá en tu ayuda cuando perdido en medio de la nada se te hayan acabado las fuerzas y los recursos para sobrevivir. Estarás solo y a merced de todos tus miedos.


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