martes, 13 de marzo de 2018

Fobias, pesadillas y verdades



Todos tenemos miedos y trastornos. Todos. Incluso aquel que dice no tener manías las tiene. Claro está que no es lo mismo sufrir una Agorafobia (miedo a los espacios abiertos) que sentir grima por unas uñas negras. Aun así, estas patologías nos condicionan de cara a llevar una vida social sana y normal. Lejos de hacer un balance entre lo que la mayoría considera sano y ser un absoluto desastre, mi reflexión de hoy pretende ir un poco más allá. 
 

Conforme la sociedad avanza, más terrores se agregan a la larga lista de cosas inquietantes que nos atosigan. Desde miedo a las arañas, hasta pánicos más complejos, asuntos que requieren atención médica como la Escopofobia (miedo a ser observado) o la Geniofobia (miedo a las barbillas). Plantéense durante unos minutos qué clase de vida puede tener alguien con semejantes problemas. 
 

¿Y saben qué es lo peor? Que la mayoría de quienes padecen temores deben mantenerlos a buen recaudo porque de repente a alguien se le puede ocurrir la brillante idea de usarlos para entretenerse. ¿Qué siniestra diversión puede hallar un individuo en emplear tus terrores más profundos contra ti?¿Qué gracia le encuentran a usar una serpiente de plástico para llevar al borde de un infarto a un sujeto con una acusada Herpetofobia (miedo a los reptiles)? Hay temores (sin llegar a convertirse en fobias) que también nos preocupan y hasta determinan nuestro día a día. Y si no echen un vistazo a los medios de comunicación. Existe una clara campaña a favor del miedo. Creo que el principal objetivo de tanta propaganda es un modo más de generar ingresos. El 60% de los anuncios tiene como cometido preocuparnos por asuntos en los que a lo mejor ni habíamos reparado. Entonces unos productos casi milagrosos nos ayudan a dejar de ser unos parias, eliminando de raíz cualquier elemento que proyecte nuestras debilidades y ubicándonos de manera automática en el bando de los ganadores. No solo la publicidad nos infunde temor, las noticias también nos generan una inseguridad que en ocasiones puede llegar a ser muy peligrosa. El uso de la información es sin duda una de las herramientas más poderosas que existen para controlar a la masa. No digo que no debamos creer absolutamente nada de lo que se nos transmite, pero sí que tenemos que hacer el ejercicio de valorar la veracidad de la información que recibimos. Es nuestra obligación ser críticos, cuestionarnos todo lo que vemos o escuchamos en pos de vivir existencias más cercanas a la verdad. 

 

No llegué a esa conclusión hasta sufrir en carne propia los afilados puñales que te atraviesan en cuanto te acercas demasiado a aquello que desde la ingenuidad te creíste a pie juntillas. Comprobar qué hay al otro lado de las pantallas, puertas de camerinos y bambalinas, supuso un despertar brusco en mi persona. Desde el sofá de nuestras casas los contenidos de los programas se perciben lejanos, mágicos y centelleantes; un universo idílico que nos incita a soñar y a prolongar un sentimiento de felicidad artificial. Sin embargo no hubo etapa más incierta que la que pasé frente a las cámaras. Reconozco que mi inconsciencia me mantuvo tranquila durante mucho tiempo, y no fue hasta pasados los 25 que comencé a experimentar miedo. De repente mi vida se vio condicionada por infinidad de factores que escapaban a mi alcance. Sentir que no había ningún lugar donde hallarme segura ni poder confiar en nadie por temor a la traición, se convirtieron en amargos trances, y desde entonces mi personalidad no ha vuelto a ser la misma. 
 

Cuando salí de Operación Triunfo me encontré de frente con una realidad ácida. Y es que el transcurso de la vida en el exterior continuó sin mayores contratiempos. Supongo que era una forma de pensar absurda, inmadura y hasta algo egocéntrica, pero de alguna manera esperaba que el mundo que conocía siguiera intacto, como si antes de tomar el avión que me conduciría hasta Barcelona para ingresar en la Academia, alguien pulsara el botón de pausa para después de mi aventura poder regresar sin secuelas a la única realidad que conocía. Pero no fue así. Al volver a casa me di cuenta de que jamás volvería a ser quien era. Mi parte más infantil no se detuvo a reflexionar acerca del cambio que supondría aquello (vamos, ni en un millón de años hubiera imaginado el devenir de los acontecimientos). Nunca me visualicé temiendo encontrar un monstruo en el armario o lo que es peor, tener que lidiar con algunos monstruos de la profesión (monstruos del mundo real, los más feos y temibles que he visto nunca). Llegué a tener ataques de pánico y crisis variadas por no saber aceptar que aquello que fui, aquello que me describió en el pasado, ya no volvería jamás. Me aferré al hecho de rescatar a mi yo más creativo y prometerle fidelidad plena, pero lo único que logré fue seguir golpeando su cabeza contra un enorme muro de hormigón. Creo que no fue hasta hace unos meses que les quité las sábanas a mis habituales fantasmas, y aunque lo que ocultaban bajo estas ha sido demoledor para mi ego, sin lugar a dudas fue un paso necesario. Me quité la venda de los ojos, y créanme, ha dolido como un disparo a quemarropa; una inmersión en un océano de hielo que paralizó mis sentidos durante mucho, mucho tiempo.


Mis fobias no son muy distintas a las del resto. Casi todos los que padecemos algún terror sentimos que hay una justificación para ello. Normalmente suelen producirse tras una experiencia traumática o después de padecer un estrés insoportable. Uno de mis mayores temores siempre fue equivocarme, y bueno, después de mirarme el chichón de la frente puedo decir que me equivoqué mucho. Y seguiré equivocándome, por desgracia.


El encierro supuso una conexión muy profunda con mi yo más exigente, aunque también descubrí que en realidad no estaba preparada para el mundo real, para la presión o incluso la maldad que se me dedicó por aquel entonces. No siento que deba castigar a los responsables ni nada parecido, porque como he dicho en otras ocasiones la mayor abusona con la que he tropezado se llamaba Saray. Pero lo cierto es que a día de hoy convivo con pesadillas que ni sé describir por culpa de creerme las promesas que brillaban al otro lado de la pantalla; cosas que pretendía ganarme con esfuerzo y sudor. Mi entrega al parecer fue insuficiente, y me temo que ni tan siquiera extrayendo el volumen total de mi sangre habría recibido una caricia reparadora. (Ya saben, el amor o más bien las simpatías no se ganan así como así). 

 

No quisiera que pensaran que todo fue malo, porque en realidad sí que extraje beneficios de la experiencia. Considero todo un hallazgo ser capaz de analizar las cosas por mí misma y ubicar la verdad por muy oculta que se encuentre. La verdad, ese concepto que nos han hecho creer que es nocivo y doloroso... A saber por qué. Bajo mi parecer una certeza no es abstracta ni turbia; no es intermitente ni variable. Es única y concreta, pura y hasta a veces un golpe sin consuelo, pero por más que nos digan que la mentira es un modo de protegernos, no sirve para nada. Un buen día nos toparemos con verdades lacerantes o quizá con necesarias revelaciones, y entonces veremos con claridad las estrategias y triquiñuelas que nos han dedicado con el fin de anular nuestras voluntades. Por más pesadillas que produzcan algunas evidencias, es preferible padecerlas a ser un muñeco sin alma.


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