miércoles, 11 de abril de 2018

Amigos para siempre means you always be my friend

Los amigos, esos grandes compañeros en los que apoyarse y a quienes tender una mano en caso de precisarlo. Casi siempre sucede más lo segundo, pero ¿quién no es lo suficientemente generoso como para ayudar a un amigo? Tengo que admitir que servidora tiene pocos. Pocos, pero unos santos. Que alguien soporte mis tonterías ya es signo inequívoco de que los seres de luz existen. Sin embargo en mi defensa diré que podría tener muchos más de no ser por la manía que tengo de alejarme de quienes me decepcionan. Si no fuera tan quisquillosa ahora mismo tendría un millón de amigos como Roberto Carlos. (Cosas raras que definen a una.)

 


Sé que no debo ser la única persona del planeta que se ha llevado golpes inesperados pero a veces pienso que tengo un imán irresistible para personajes egoístas y codiciosos.

Me gustaría decir que tengo una agenda repleta de contactos de profesión con quienes además de trabajar o haber trabajado en el pasado guardo una hermosa relación de amistad. Haberlos haylos (como las meigas), lo que pasa es que a estas alturas de la historia creí que la lista sería más contundente y que tendría que colgar el cartelito de “sin plazas disponibles” por albergar los nombres de demasiada gente alucinante. Ahora que estoy haciendo limpieza en las gavetas olvidadas del cerebro, rescato escenas que aunque forman parte del pasado cobran mayor nitidez conforme las voy repasando. La mayor parte de los papeles acumulados en estas gavetas resultó ser propaganda, panfletos perdidos que ahora no tienen validez alguna.


Siempre fui una ingenua. Desde pequeña ya creía que dando lo mejor de mí misma a los demás acabaría recibiendo ese afecto que tan imprescindible consideraba (lo que se dice un error de principiante). Para evitar malentendidos diré que no me arrepiento de absolutamente ninguno de los cariños que dediqué. Cada uno de esos mimos tuvo un motivo y un desenlace que me acercó al lugar donde quería estar. Este mundillo puede llegar a ser duro y áspero, y por si tienen dudas les invito a leer el capítulo “A pisar cabezas se ha dicho” donde hablo de las vicisitudes a las que debe enfrentarse un cantante para terminar ocupando un puesto de trabajo deplorable. Aun así, me parece que jamás encontraré lógico atravesar el corazón de alguien que no se lo espera. Creí que cuando pasara el tiempo aquellas puñaladas que tanto me afectaron terminarían siendo solo cicatrices insignificantes, y a pesar de que asimilé los hechos con filosofía, no puedo dejar de buscar el motivo a tanta sorpresa en forma de cuchillo. Descubrir que las personas en quienes confiaste una vez pueden acabar siendo tan consistentes como una nube de azúcar en una taza de chocolate caliente, resultan todo un atentado contra el alma.




“Los amigos de verdad se cuentan con los dedos de una mano”. No hay nada más verdadero en esta vida. Uno quiere a la familia por encima de todas las cosas, pero si algo te define como individuo es la selección de amigos que has escogido entre una multitud ruidosa y desconcertante. Así que es normal que a lo largo de los años vayas desenmascarando a los mentirosos y alejándote de los infieles con la creencia de que la próxima vez no te pillará desprevenido.


Quienes me conocen saben que no suelo elevar la voz. En una discusión no pierdo el control, una virtud o defecto que no siempre es bien considerado si quien se enfada contigo pretende iniciar un debate sonoro y siente que no le respetas por no mostrarte alterado. Si siento que alguien me agrede, no en el mundo del artificio y las poses, sino en el fondo del pecho, en lo más profundo y entregado de mi corazón, progresivamente voy desapareciendo de su vida. Para cuando el susodicho se da cuenta ya ando bien lejos de su sombra y por lo general suele cuestionarse qué sucedió para que yo tomara distancia. Normalmente es un viaje de ida. Si he tomado esa decisión es porque entendí que su traición fue una marca en el pellejo de las que no desaparecen. Y como no soy muy dada a las conversaciones incómodas, mis hechos hablan entonces por mí. 

 

No me autodefiniría como un perro herido que está dispuesto a proseguir con su ruta obviando a cada viandante que se encuentre en su recorrido por temor a una mala palabra o una patada inmerecida, pero lo que está claro es que intento no llevarme nuevos palos en el lomo porque aun con todos los defectos que me vuelven mortal, tengo la necesidad de huir del dolor, algo que intenta evitarse hasta el ser más inane. 


 

Hay cosas y personas que siempre viajan conmigo, a veces en mi equipaje de mano y otras acomodadas en la primera fila de mis mejores recuerdos. A lo largo de estos años aprendí de golpe que todos siguen las estelas doradas que uno pueda emanar, pero si esas estelas un día cambian de color (con tendencia a los tonos oscuros), muchos de quienes se autoproclamaban incondicionales tuyos acaban tomando otros rumbos en silencio, sin armar ruido alguno no vaya a ser que tengan que explicarte que ya no les resultas valioso (o exprimible).

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