miércoles, 25 de abril de 2018

La vieja pero preciosa caja de música



¿Se acuerdan de esa época donde la música tenía cierta carga emocional? Existe una larga lista de joyas auditivas que marcaron a varias generaciones, temas que en cuanto suenan te trasladan inmediatamente a otra época cargando el corazón con un peso tan emocionante que lo debilita unos segundos. Al margen de que todos tenemos una banda sonora particular donde hay títulos que nos recuerdan a personas o momentos concretos de nuestras vidas, existen atmósferas como pátinas sonoras que llevan implícita una forma de vivir que jamás retomaremos. No sé si les sucede como a mí que no hallo ese color en los temas actuales. Siento que los éxitos del momento salen a la luz tras dar un pequeño paseo en el interior de una fábrica gris donde todo tiene que cumplir unos requisitos básicos si se pretende lograr el sello que garantice su valor y por ende su exposición pública. A veces me da la sensación de estar siendo testigo de una puesta en escena donde muñecos sin vida expulsan mensajes y melodías que no sienten. No digo que no haya canciones buenas ahora mismo, las hay y muchas gozan de una maravillosa producción, pero quizá por haber querido reciclar ideas algunos líderes del sector se han olvidado de un hecho mucho más importante que cualquier montaje espectacular o las tendencias del momento: la emoción. 

 
 

Recuerdo como si fuera ayer mis paseos sobre patines con la única compañía de mi discman y unos auriculares mitad metal mitad espuma. Con el océano como única vista en plena avenida marítima y Los Alisios azotándome el cabello, viajaba cada tarde a través de las sensaciones que aquellos temas me evocaban. Esos virtuosos que no temían desangrarse en cada pieza me enamoraron desde el día en que descubrí la maravillosa conexión que puede existir entre individuos sin necesidad de conocerse. Solo hace falta abrir el corazón a lo que un artista quiera expresar. Es realmente toda una experiencia y no precisa de grandes artificios, tan solo es necesario prestar un mínimo de atención, y cuando menos te lo esperas, descifras sin dificultades un lenguaje tan íntimo como ancestral. Me daba igual no compartir aquel pasatiempo con nadie ya que mis amigos de entonces no escuchaban las mismas canciones que yo. Era tan libre y feliz el tiempo que duraba cada pista que aunque el planeta hubiera paralizado su traslación a mí me hubiera dado igual. Hay una frase de Silvio que a menudo me viene a la cabeza cuando hablo de esas canciones que me marcaron: “Me veo claramente tan digno de amantes y breves países de felicidad. Me veo claramente si miro detrás”. Suelo relacionar de un modo inevitable esa metáfora y mi unión con algunas canciones. Los 3, 4, 5 o 20 minutos que puedan durar mis composiciones preferidas se me antojan breves países de felicidad, abriendo unas compuertas pesadas y llenas de óxido que dan paso a todo un paraíso para el intelecto. Uno que paradójicamente resulta liberador porque para poder nutrirme de todo lo bueno que ofrece debo encerrarme en una habitación imaginaria alejada de todo cuanto me parece incomprensible o doloroso.
 

Para una muchacha con dotes sociales casi inexistentes, ubicar un lugar de sosiego a través de la música significó un mundo. Tanto es así que me niego a deshacerme de mi colección de cds por más que los demás den cientos de motivos por los que es mejor pasarse a la música digital. Comprar cada uno de aquellos compactos se resumía en una experiencia grata y satisfactoria. Iba a mi tienda preferida y una vez me hallaba en el interior del establecimiento era capaz de pasar horas allí tratando de escoger mi nuevo tesoro en forma de círculo. El tacto del plástico que recubría la caja del cd te prometía un universo de emociones oculto en cada pista, añadiendo un valor más al particular ritual que me acompañaba hasta la tienda. 


 

Sé que no soy la única que se siente así y que entre quienes me leen hay más de un melómano, así que mi pregunta es: ¿qué sucedió? ¿En qué momento la música dejó de tener ese poder sobre nosotros? ¿De verdad no lo echan de menos?

Supongo que exceptuando a algunos artistas del panorama actual que ofrecen buena música y una calidez que reconforta a veces, el único consuelo que nos queda es que siempre que lo deseemos podremos rescatar esas canciones importantes de nuestras existencias para hacer viajes en el tiempo de 3, 4, 5 o 20 minutos.

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