miércoles, 9 de mayo de 2018

Huevos y castañas

Sobre gustos no hay nada escrito. Sin embargo sigo creyendo que a pesar de considerar la música como un elemento que se analiza de modo subjetivo y emocional, hay fórmulas para definir qué merece un espacio y qué no. Si somos capaces de ponernos de acuerdo en qué es absolutamente descartable y qué debe recibir un puesto especial, no comprendo cómo algunas cosas se cuelan en el panorama. Y digo “cosas” por no ser cruel. 

 

No es necesario ser un gran cantante para formar parte del universo musical,  pero lo mínimo que se le debería exigir a un intérprete por poco rango vocal que tenga es afinar. No hablo de virtuosismos, no. Afinar. Ser capaz de dar una nota tras otra sin provocar en el oyente una hemorragia interna. Por extraño que parezca no es un requisito indispensable y si no explíquenme entonces por qué abundan cada vez más esos “artistas” que cantan sin intención alguna. Y no me refiero a que acaricien las notas, eso también podría considerarse libertad creativa, sino que apenas lleguen al registro necesario para trasladar al público la idea o las sensaciones que se habían propuesto, bueno, eso en el hipotético caso de que lo pretendieran.

Tengo la terrible sensación de que hoy en día no hay una motivación para crear canciones, al menos una que no tenga que ver únicamente con ganar dinero. Cada vez salen más singles vacíos y con estética prefabricada, una exposición hueca de pseudo-sentimientos con la necesidad de no perder a unos adeptos que se aburren con facilidad. Antes de poder aprenderte el estribillo principal del tema, el artista ya anda promocionando otro. Y eso si eres consciente, porque hay veces que resulta harto complicado diferenciar las canciones. El abuso de la fórmula ideal que engancha al oído humano ha llegado a un punto de tal saturación que resulta inevitable confundir unos éxitos con otros. Este sistema solo ha propiciado la salida de cientos de cantantes que en realidad emulan a sus predecesores, quienes a su vez también copiaron a los suyos y así sucesivamente. La verdad es que los artistas grandes nacen con poca frecuencia. Son eventos raros e inexplicables, genios que nadie sabe cómo surgieron. Se desconocen los ingredientes que los conforman; tan extraordinarios que se convierten inevitablemente en fenómenos igual de inusuales que hermosos. 

  

Nos han hecho creer que es fácil, que si uno aprende la técnica y recursos necesarios automáticamente puede alcanzar el rango de estrella. Pero la magia es esquiva, brilla en contadas ocasiones como si estuviéramos ante un remolino de fuego, dos lunas llenas en un mismo mes o un bombardeo de bloques de hielo. Todos son fenómenos reales que se producen con muy poca frecuencia, pero causan tal asombro que quienes son testigo de su actividad se quedan marcados por mucho tiempo, incluso a veces toda una vida. 
 

Así que aunque los huevos y castañas tengan cosas en común, como que son redondos y pueden rodar, son demasiadas las diferencias que presentan, por lo que confundirlos resulta cuando menos un disparate. Amigos, cuidado con los engaños, porque aunque nos quieran hacer creer lo contrario, un huevo es muy distinto a una castaña. 

 


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