sábado, 5 de mayo de 2018

Niños prodigio


Que los niños son puros y auténticos es una verdad absoluta. Y si encima tienen talento, automáticamente se convierten en estrellas adorables. A todos nos emociona contemplar a una persona diminuta exponiendo su arte, repartiendo esa belleza brutal como solo los niños saben hacer. Desde el corazón, sin artificios ni camuflajes. Sin embargo tengo un pero que añadir (como era de esperar) y es que siempre hay alguna compañía dispuesta a explotar a los menores. Sí señores, EXPLOTAR. No pongo en duda que a los niños que revientan las audiencias se les trata de la mejor forma posible, respetando sus horarios de sueño, estudios y juegos, pero me parece que si vivimos en una sociedad donde el trabajo infantil está prohibido, no deberíamos exhibirlos en una cadena por muy bien que desempeñen una actividad. Si un niño quiere ser artista que trabaje sí, pero en una academia de canto, en un conservatorio, en escuelas de música o con un profesor particular. Que disfrute del arte, y sobre todo que disfrute de algo que jamás volverá a tener: Su infancia.
 
No me malinterpreten, esto no es un ataque ni al público que sigue estos formatos ni a los padres que consideran oportuno compartir esa faceta de sus pequeños. Tampoco a la empresa que ofrece la oportunidad vendiéndola como un pasaporte dorado al mercado profesional. Supongo que esto es una cuestión social, un asunto que todos deberíamos reflexionar. No hay nada que me haga más gracia que un niño que sepa cantar, bailar, actuar o sencillamente que me saque una sonrisa tras una ocurrencia inesperada. Sin embargo me parece muy importante proteger a un sector que siempre está en desventaja. Primero porque no creo que los niños sean conscientes de lo que supone abrirse al mundo y segundo porque hay cosas que no se pagan con dinero o fama. Esa no es la educación que debería recibir un niño. Nuestra función, y no hablo solo a quienes son padres, sino a todos cuantos formamos parte de una comunidad en la que habiten niños (es decir, el mundo entero), es educar a los menores para que cuando sean adultos sean capaces de decidir por sí mismos qué quieren hacer en la vida. Imaginar el nombre propio en un letrero luminoso se puede volver una peligrosa obsesión, y en algunos casos se convierte en un viaje con efectos secundarios muy nocivos.


A veces siento que muchos adultos pretenden vivir a través de sus descendientes. Trasladan sus frustraciones e imponen (en ocasiones sin ser conscientes) unas metas a las que ellos nunca llegaron, o bien por falta de talento o bien por no disponer de recursos. Historias tristes tenemos todos, pero no por ello vamos a someter a un chiquillo a castigos que ni comprende. La disciplina es una cosa pero por el amor de Dios, un niño de 3 años no debería estar tocando a Beethoven 6 horas al día. ¿Qué infancia es esa? Y no me vengan con que el propio Beethoven fue un infante genuino. Primero, genios hay muy pocos, especialmente si los comparamos con Beethoven. Y segundo, eran otros tiempos. La esperanza de vida no se puede equiparar a la nuestra, por lo que ser un niño prodigio en aquella época implicaba un futuro asegurado para sí mismo y su familia; serlo ahora proporciona opacidad y decepción. En serio, padres con niños especiales, desistan y protejan a sus hijos. Actúen como se espera de un progenitor y no como representantes de la estrella. El dinero que pueden llegar a conseguir estará manchado de lágrimas y reproches.
 
Tal vez me esté comportando como una aguafiestas deslenguada, pero lo cierto es que siento que debo transmitir esta idea porque cada vez veo más y más niños sobre escenarios y me resulta inevitable exponer una mueca de descontento al respecto. Y estoy convencida de que no soy la única a la que le preocupa esa exposición tan peligrosa. No hay más que poner las noticias para percatarnos de cuántos monstruos habitan el planeta, cuántos de ellos sienten verdadera devoción por la carne fresca; cuántos ansían arrebatar la inocencia en pos de satisfacer unos apetitos macabros. ¿Cómo es posible que nos aterrorice saber esto y sin embargo persistamos en la idea de prostituir el talento de los más pequeños para ganar audiencia, dinero o simple visibilidad? Me indigesta ver cómo algunos padres aceptan condiciones que pueden denigrar a sus hijos y lejos de avergonzarse, se muestran ufanos, diciendo en voz alta: “Ese es mi niño, que lo sepa todo el mundo”. ¿No pueden enorgullecerse de las hazañas de su prole sin necesidad de subirla a un escenario? De esta manera nos convertimos en quienes tocan la campana que anuncia la cena en un caótico y deleznable panorama de carnívoros sin entrañas. 

No lo entiendo. Así que les pido disculpas si interrumpí su fiesta.

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