miércoles, 18 de julio de 2018

La sala blanca

Al principio la sala me pareció eterna y serena. Su inmaculada presencia resultaba un alivio a tanta explosión cardíaca. Ni un solo trazo, colorido u opaco, osaba manchar mi panorámica, por lo que un blanco excepcional inundaba todo. Conmovida, sentí que formaba parte de aquel lugar y por supuesto me aferré a sus columnas con la descarada intención de asentarme allí para siempre. Me dejé llevar por las corrientes invisibles que me rodeaban, y flotante, disfruté del complejo licor en el que me hallaba sumergida. Por momentos era capaz de contemplar todo y nada al mismo tiempo; fe y duda, luz y sombra, calor e impactos de hielo, vida y hasta muerte... Tan glorioso que me acostumbré con extrema celeridad incluso llegando a creer que me pertenecía.

Fui tan feliz abrazando aquella esencia... A veces en plena noche y atenazada por andar sumida en la penumbra, era sorprendida por fragmentos opalescentes que cantaban riendo, casi a carcajadas. Otras, solo intuía el rastro de una risa tímida a lo lejos. Aun así me parecían regalos de valor incalculable, hasta el punto de comprender que estaba dispuesta a desnudarme por completo sin temor al juicio de aquellas paredes, sin miedo a descubrirme ante un espejo que solo yo era capaz de quebrar. 
 

Pero pronto los colores y las pisadas invadieron el entorno. Huellas, gotas, pinceladas y brochazos ensuciaban aquello que una vez me cautivó, y a pesar de continuar dedicándome pequeños espacios que permanecían intactos, resultaron insuficientes para mi exagerado nivel de dependencia. Disconforme, también yo destruí el lugar a base de mazazos, insultos, patadas y golpes. Fui entonces una pieza más en el circo ambulante que hizo una parada con el único fin de mancillar la luz de mi sala, mi amor, mi dios. 
 

Todavía recuerdo el cegador haz con el que me recibió, el dulce encanto que consiguió enamorarme y al que en consecuencia entregué mi alma. Incluso después del cataclismo, después de la inconsciencia y el desastre, reclamo mi parte de la sala. La exijo entre celos y llantos, y paso el día buscando los pocos centímetros de pared que aún lucen blancos, como un adicto que se aferra al veneno que lentamente lo va destruyendo. Hallarlos me produce una mezcla de sensaciones que pasan del amor al odio en segundos, tan imprescindibles como dañinos; tan inolvidables como hirientes. 
 

Dije muchas veces un “ya no te espero”, aunque en el fondo de mí continúe sentada en el escalón previo a la entrada, con el corazón roto pero los brazos abiertos.












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